Origen, potencialidades y flaquezas del concepto de innovación social

el otro mundo posibleEl uso continuo de conceptos nuevos para definir y analizar fenómenos sociales es una tendencia ya antigua pero en crecimiento en las ciencias sociales. La necesidad continua de producir nuevos conocimientos y de tener un impacto en la literatura existente y el sistema de producción científica basada en artículos explica en parte esta tendencia. Hoy nos centraremos en uno de estos conceptos de moda que han surgido recientemente para analizar el cambio social: el concepto de innovación social. Después de un tiempo largo usando el concepto de innovación social en nuestras investigación sobre ciudades, siguen asaltándonos dudas sobre su origen y significado, así como su utilidad analítica para entender la realidad. Las reflexiones que aparecen aquí, muy genéricas, entroncan con las más específicas que en su momento publicó Rubén Martínez en su blog en el marco de su investigación doctoral (podéis leerlas aquí).

Como otros conceptos (como el de gobernanza, exclusión social, o cohesión social) existe una visión normativa del concepto de innovación social que ha sido definida por diferentes organismos como la Unión Europea o el Banco Mundial y que presupone una serie de virtudes al concepto que van a servir para solucionar determinados problemas sociales. En el caso de la innovación social, el concepto se define como una forma de activar a la sociedad para cubrir necesidades sociales que la administración, con sus procesos burocráticos lentos, no cubre, y que los actores de mercado dejan también sin cubrir. La innovación social es definida así como una herramienta que puede ser usada por individuos y colectivos para buscar soluciones imaginativas a problemas sociales que perduran. Así, surgen los “emprendedores sociales”, individuos que tienen ideas para solucionar problemas sociales a través de innovaciones tecnológicas u organizativas.

El concepto ha sido utilizado para reclamar un mayor papel de la sociedad en la resolución de problemas sociales, sin asumir cual es la fuente real de estos problemas y sin asumir tampoco el diferencial de capacidad organizativa de cada individuo y de cada comunidad en el desarrollo de procesos de ‘innovación social’. Estas visiones se enmarcan en un intento de las instituciones, en especial de la UE, en dar respuestas a los problemas generados por el crecimiento capitalista sin cuestionar los fundamentos de este crecimiento. Algo parecido ocurrió con el concepto de ‘buena gobernanza’ que se presentó como la panacea ante los problemas generados por la gestión política burocrática por parte del estado y los de la retirada del estado y la gestión netamente privada. La colaboración público-privada, con colaboración de la sociedad civil, se establecía como la solución ideal para conseguir un consenso social sobre las políticas públicas. Desde esta perspectiva el concepto de innovación social hace encajar lo social en el contexto del ámbito privado, y permite articular una respuesta ante la retirada del estado en la que sea la misma sociedad la que se organice para articular respuestas.

Para entender la configuración de esta visión normativa hace falta prestar atención a la historia reciente de las ideas, que sufre un cambio importante a partir de los años 70, con el mayo del 68 primero y con la victoria del Thatcherismo once años más tarde. Tal y como analizan Jessop et al. (2013) en los setenta existían visiones distintas sobre el concepto de innovación social, análisis que retomaron la vieja tradición sociológica sobre innovación y cambio social (entre los que encontramos a Durkheim, Tarde y Weber) y la conectaron con los movimientos estudiantiles y las revueltas de finales de los sesenta. En Francia se generó un debate en la academia francesa sobre el tema, que se centró en analizar los procesos sociales y en como los procesos de innovación se relacionaban con el estado, es decir, como el estado podía fomentar o frenar los procesos de innovación, y en la importancia de la toma de consciencia y la movilización. De todos estos debates surgen análisis interesantes sobre el papel de la economía social y su capacidad de transformar la sociedad.

Gran parte de esta literatura de innovación social bebe de los movimientos autogestionarios surgidos en los setenta, los valores de los cuales fueron cooptados en gran medida por la oleada de pensamiento neoliberal a partir de los años ochenta. La retórica de la autogestión y el enfrentamiento con el estado burocrático y uniformizador se utilizó para justificar la retirada del estado y la entrada del mercado en la gestión de lo público. El concepto de innovación social también ha sufrido un proceso parecido siendo utilizado desde un punto de vista comunitarista liberal (os emplazo de nuevo al blog de Rubén para leer más sobre esto).

Ante la utilización normativa del concepto, activistas y miembros de los movimientos sociales han empezado a rehuir del término ‘innovación social’, destacando que ellos están promoviendo el cambio social o la transformación social.Vean por ejemplo la interesante aportación de Ivan Miró publicada originalmente en La Directa (Ivan Miró forma parte del movimiento cooperativista de Sants, impulsor de la transformación social de la ciudad con prácticas que han sido analizadas como socialmente innovadoras por parte de distintos investigadores).

Sin embargo, hay propuestas de retomar desde una perspectiva crítica el concepto, poniendo de relieve que la innovación social hace referencia a procesos sociales de transformación que persiguen la justicia social a través del empoderamiento individual y colectivo y de la transformación de las relaciones de poder (véase la aproximación de la escuela de innovación social liderada por Moulaert,un planificador urbano que se ha centrado en analizar estos temas, y en la que he participado).

Esto nos lleva a la segunda cuestión planteada al inicio. Si el concepto de innovación social tiene esta dimensión normativa tan fuerte, ¿nos sirve como concepto analítico? Es decir, ¿en qué medida nos sirve a los científicos sociales para entender y analizar la realidad? Incluso tomando la perspectiva que tiene en cuenta las relaciones de poder, el concepto de innovación social sigue teniendo una serie de imprecisiones que lo hacen problemático para el análisis. A mi entender, se pueden resumir en tres:

  • ¿Donde está la innovación y respecto a que? La innovación social es contextual, por lo tanto es relativa. La literatura existente tiene problemas en demostrar que lo que se definen como prácticas socialmente innovadoras tengan tal componente de innovación. Hace falta una mejor definición de que es lo innovador en dichos procesos: los repertorios de acción, la organización interna, los objetivos que se persiguen, el planteamiento de los problemas, la vinculación con las administraciones…

  • ¿Donde está lo social dentro de los procesos de innovación? Hay una confusión en la literatura sobre la dimensión social de la innovación: en algunos casos se asume que la dimensión social está en los resultados de los procesos de innovación (por ejemplo en la creación de un nuevo equipamiento) y en otros que está en el proceso en sí mismo (por ejemplo en un proceso de decisión colectiva de una renovación urbana), o en los dos campos a la vez.

  • ¿Como se puede medir el impacto o la influencia de dichas transformaciones? Es decir, como medimos el empoderamiento individual y colectivo, y como medimos si ha habido efectivamente un cambio en las relaciones de poder? Flavia Martinelli (2012,2013) , por ejemplo, ha propuesto analizar hasta qué punto estas prácticas se convierten en nuevos derechos.

En resumen, la potencia de los discursos normativos sobre innovación social hacen comprensible (y casi deseable) que los movimientos sociales transformadores renieguen del concepto, que no contribuye, en el plano del debate político, a asentar la transformación. El concepto es potencialmente útil para el análisis social una vez eliminada esta dimensión normativa y contextualizado en un análisis de las relaciones de poder como causantes de las dinámicas de exclusión social, aunque hace falta profundizar más en sus dimensiones y en la medición de sus influencias.

Algunos investigadores del GRC CRIT estamos desarrollando el proyecto “Innovación Social y Gobernanza: prácticas emergentes para ciudades en transformación” donde queremos profundizar en estas cuestiones.


Referencias

Jessop, B., Moulaert, F., Hulgard, L., and A. Hamdouch (2013) Social innovation research: a new stage in innovation analysis? En The International Handbook on Social Innovation: Collective Action, Social Learning and Transdisciplinary Research. Edward Elgar Publishing Ltd.

Martinelli, F., (2012) ‘Social innovation or social exclusion? Innovating social services in the context of a retrenching welfare state’, in Franz, H.-W., Hochgerner, J. and Howaldt, J. (eds) Challenge Social Innovation. Potentials for Business, Social Entrepreneurship, Welfare and Civil Society, Berlin: Springer

Martinelli, F. (2013). Learning from case studies of social innovation in teh field of social services: creatively balancing top-down universalism with bottom-up democracy. In The International Handbook On Social Innovation. Collective Action, Social Learning and Transdisciplinary Research. (pp. 346–360). Chentelham: Edward Elgar Publishing.

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